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Encontrando el Camino

Nos hemos sentido muy orgullosos y entusiasmados cuando nuestros hijos participaron en algún evento público. Probablemente no actuaron ni tocaron sus instrumentos mejor que los demás, quizá tampoco hablaron en una manera más elocuente que el resto, pero…  “¡Ese es mi hijo allí arriba! o ¡Esa es mi hija!”. Era la relación entre nosotros lo que le daba significado al momento.

Quiero hablarles acerca de uno de los mejores campos misioneros: nuestros propios hijos y nietos. Y animarte a perseverar en la tarea de influenciar y ganar a tu familia para Cristo.

Salomón dijo sabiamente: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Contrario a lo que algunos han enseñado acerca de este verso, no se refiere a esperar a que tu hijo alcance una edad avanzada para presentarle a Cristo. Quiere decir enseñarles de manera que despierten a un apetito por Dios. Sugiere que debemos mostrar lo que verdaderamente es seguir y amar a Cristo. Cuando los niños ven nuestro ejemplo, estarán más propensos a seguir a Cristo que de guiarse por las cosas que les ofrecen sus amigos del mundo.

El reto para nosotros es descubrir la forma y el camino que deben seguir, refiriéndose a su singularidad. Noten la frase usada aquí: “El rastro del águila en el cielo, el rastro de la serpiente en la roca, el rastro del barco en alta mar, y el rastro del hombre en la mujer (Proverbios 30:19).

Tenemos que descubrir el diseño especial que Dios le dio a cada niño y determinar cómo educarlos de una manera especial. Observar a nuestros hijos nos da pistas para entender el propósito de Dios en ellos. Esta es la clave para aprender quienes son y así ayudarlos a llegar a ser lo que en realidad ellos deben ser. Bien sean artistas o deportistas, reflexivos o comunicativos, analíticos o impulsivos. No es la única clave para criarlos, pero es la única forma para que ellos aprendan a amar a Dios.

Tres áreas distintas vienen a mi  mente:

El temor de Dios: Cuando le enseñamos a nuestros hijos el temor de Dios, crecerán más fuertes y más preparados para enfrentar la vida. Oswell Chambers dijo una vez: “Lo extraordinario de tener temor de Dios es que cuando tienes temor de Dios no tienes miedo a nada, pero cuando no tienes temor de Dios, le tienes miedo a todo”.

Originalidad: Cuando descubrimos y cultivamos la singularidad de nuestros niños, construimos una relación que les da el poder de ser diferentes, ellos comprenden que son únicos y no una copia. Esa singularidad se convierte en una fuente de curiosidad y entusiasmo por la vida. Les ayuda a descubrir formas de ser originales, como Dios quiere que cada uno de nosotros seamos.

El perdón: La relación con nosotros y con Dios les da a nuestros hijos el poder de perdonar. Cuando nos ven a nosotros perdonando a otros y siendo perdonados, aprenden a perdonar y como resultado, a vivir en libertad. No culpan a otros por sus propios errores, sino que comienzan a hacerles frente y asumir su responsabilidad por ellos.

Cuando ayudamos a nuestros hijos a encontrar el camino, ellos a su vez pueden ayudar a otros a hacer lo mismo.

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