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Evidencia del perdón

Una de mis escenas favoritas de todos los tiempos, en el Antiguo Testamento, es el momento en que José se revela a sus hermanos. Había estado separado de ellos durante 15 años, pero Dios lo había bendecido de una manera asombrosa. Para el lector, es evidente que José eligió perdonar a sus hermanos muchos años antes. Sin embargo, no se revelaría a ellos, hasta que los hubiera probado a fondo. Quería saber si habían cambiado, o si todavía eran capaces de traicionar y llevar a cabo actos tan deplorables como los que habían realizado contra él. Eligió enfocarse en su hermano Benjamín. Esto los expondría a lo que realmente eran. Primero, los acusó de ser espías, y ellos respondieron contando su historia: somos doce hermanos, uno está muerto y el otro está con nuestro padre. José ordenó que uno de ellos permaneciera en prisión, mientras regresaban a casa con comida para sus familias. Si querían más comida y la liberación de Simeón, tendrían que traer a Benjamín.

Finalmente, ellos convencieron a su padre de que Benjamín los tenía que acompañar. Todo parecía ir bien cuando regresaron a Egipto. Almorzaron en la casa de José, todos sentados en el orden de sus edades —lo que era desconcertante—, y vieron cómo a Benjamín se le servía una porción cinco veces más grande. A la mañana siguiente, los diez hermanos estaban cargados y listos para ir a casa. Entonces, de repente, el mayordomo de José los detuvo en el camino y anunció que había un problema. La copa de plata de su amo no estaba, y la estaban buscando. Los hermanos, sabiendo que no la habían tomado, estuvieron perfectamente dispuestos a ser registrados. Incluso anunciaron que si se encontraba en el equipaje de alguno de ellos, esa persona debería ser ejecutada, y el resto de ellos serían esclavos de por vida. Los hermanos se horrorizaron al ver que la copa fue encontrada en el saco de Benjamín

Cuando comparecieron ante José, éste les preguntó por qué habían hecho algo tan malo. Estaban sin palabras. José les hizo su última prueba, cuando anunció que Benjamín sería encarcelado y que el resto podría quedar libre. Judá, entonces, se acercó a la platea, y suplicó que se le permitiera ocupar el lugar de Benjamín, porque él le había prometido a su padre que protegería a su hermano menor. Los hermanos habían pasado el “examen”, y ahora José se les revelaría.

Les pidió que se acercaran, y luego les anunció: “¡Yo soy su hermano José, el que ustedes vendieron a Egipto!” (Gen 45: 4). Les pidió que no se angustiaran, porque Dios había estado elaborando su plan a pesar de lo que ellos habían hecho. Abrazó a cada hermano y lloró. Fue un momento íntimo: a todos los sirvientes se les pidió que se fueran. Éstos rápidamente difundieron la noticia de que José se había reunido con sus hermanos. Todo lo anterior es evidencia de que José los había perdonado. Los demás estaban conociendo, por primera vez, quiénes eran estos hombres. Un implacable José habría contado a todos acerca de la traición de la que había sido objeto mucho tiempo antes. Pero ese no era José, un hombre que había aprendido a perdonar. El perdón trae cercanía y conexión. Esta intimidad es tan real que provoca lágrimas, pero nada de esto habría acontecido a José o a sus hermanos, si no hubiera mediado el perdón. Cuando los hijos de José nacieron, él resumió su propia vida y el poder del perdón, en los nombres que les dio. Primero vino Manasés, cuyo nombre significaba: “Es por Dios, quien me ha hecho olvidar toda mi angustia y toda la casa de mi padre” (Génesis 40: 50-52). José nos dice algo muy importante sobre el perdón: es un trabajo que Dios hace en nosotros y a través de nosotros, si se le permitimos. Él le hizo olvidar lo que sus hermanos le habían hecho y todos los demás problemas que vivió. El Señor quitó su resentimiento, y eliminó su deseo de venganza. Luego, cuando vino su segundo hijo, lo llamó Efraín, que significa: “Es porque Dios me ha hecho fructificar en la tierra de mi sufrimiento”. José nuevamente le da a Dios el crédito por la prosperidad y los logros que había logrado. El Señor hizo esto a pesar de las cosas que habían salido mal. El verdadero perdón siempre está acompañado de evidencia, y José la tuvo en abundancia.

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